El método de un abogado del siglo XIX que seguimos necesitando
Actualizado: 3 sept
Por Julio Javier Trelles Metzner
En julio de 1855, un abogado panameño de 37 años asumió como primer Jefe Superior del recién creado Estado Federal de Panamá, es decir, la autonomía que él mismo había perseguido durante cinco años de campaña política y de prensa. Se llamaba Justo Arosemena. Renunció al cargo el 28 de septiembre de ese mismo año, agotado por la resistencia de los conservadores istmeños y de las empresas extranjeras que se negaban a financiar el nuevo gobierno.

Meses después de su renuncia, el Estado que había fundado enfrentó su primera prueba real: el 15 de abril de 1856 un incidente por una tajada de sandía dejó varios muertos, y el 19 de septiembre de ese año Estados Unidos desembarcó tropas que ocuparon por tres días la estación del ferrocarril, amparadas en una cláusula de un tratado de diez años atrás que en teoría garantizaba la neutralidad del Istmo.
Arosemena, ya retirado del cargo, escribió sobre lo ocurrido con una claridad que hoy sigue siendo útil. Panamá, escribió, era la joya privilegiada del continente americano, y esas mismas ventajas eran justo lo que despertaba el apetito ajeno. No hacía falta ser adivino para prever el problema, sino leer los tratados con cuidado y entender que la riqueza geográfica de un país pequeño atrae más interés que compasión, venga de donde venga ese interés.
La posición geográfica que hace valioso a Panamá es la misma que lo ha hecho vulnerable desde el siglo XIX, aunque el marco legal para protegerla haya cambiado radicalmente: del Istmo sin soberanía propia dentro de la Nueva Granada de 1855, pasando por el Tratado de Neutralidad de 1977, hasta el control total del Canal que Panamá ejerce desde 1999. La idea de proteger esa posición con garantías internacionales tampoco nació con Arosemena: en 1826 su propio padre, Mariano Arosemena, ya había propuesto que Panamá se convirtiera en una república hanseática respaldada por las grandes potencias, un proyecto que nunca llegó a concretarse. A Justo Arosemena lo distingue otra cosa: haber sido el primero en convertir esa idea en ley.
La otra enseñanza que dejó, quizás más importante, está en la manera en que lo logró. Los años que pasó defendiendo esa autonomía, hasta que el Congreso neogranadino aprobó el Estado Federal en febrero de 1855, los pasó escribiendo. Su ensayo El Estado Federal de Panamá sustenta esa autonomía con argumentos geográficos, históricos y jurídicos, documentados uno por uno. No los presentó como alguien externo que pide un favor: fue representante ante ese Congreso en 1850 y senador por el Istmo en 1853, y desde esos escaños impulsó personalmente la ley que terminaría creando el Estado Federal.
Esas dos enseñanzas siguen vigentes, y conviene leerlas juntas. La neutralidad de esta franja de tierra nunca ha sido un regalo ni una casualidad geográfica, sino una construcción jurídica que cada generación de panameños tiene que revisar cláusula por cláusula, porque el mismo texto que hoy nos protege puede leerse distinto mañana, sin que haga falta mala fe de ninguna de las partes. El Tratado de Neutralidad de 1977 no es igual en naturaleza al de 1846: aquel comprometía a una potencia externa a proteger la soberanía de un territorio que no controlaba directamente, mientras que este reconoce a Panamá como administrador soberano del Canal y abre su uso a todas las naciones por igual, no solo a Estados Unidos. Aun con esa base mucho más sólida, sigue siendo un documento que hay que conocer bien para poder defenderlo.
Panamá negocia hoy desde la plena soberanía que ganó en 1999, algo que Arosemena nunca llegó a ver. Lo que no ha cambiado es la exposición estructural a los intereses de potencias más grandes, y con ella, la necesidad de leer con cuidado cada palabra de lo que se firma.
Y leer bien un tratado no es un ejercicio académico: es el mismo método con el que Arosemena ganó la autonomía del Istmo sin disparar un solo tiro. La soberanía se defiende con documentos públicos, análisis jurídico serio, y una Asamblea Nacional que debata a fondo cualquier acuerdo antes de que se convierta en costumbre, no con indignación en redes sociales ni con consignas repetidas. Ese es el tipo de argumento técnico y verificable que un país pequeño necesita frente a cualquier país grande, sea cual sea.
Cuando un país pequeño cede algo a cambio de nada concreto, alguien paga esa factura después, casi siempre quien venga a negociar en la siguiente ronda, con una posición ya más débil que la anterior. Arosemena lo entendió sin necesidad de vivir para ver el Canal. Entendió que el precio de no leer la letra pequeña siempre lo termina pagando el que tiene menos poder para escribirla.
Panamá no necesita inventar una respuesta nueva cada vez que alguien vuelve a mirar el Canal con interés. Ya la escribió, hace casi 170 años, un panameño que solo tenía una pluma y una idea muy clara de lo que valía su país.






Comentarios