Empresas familiares jugarán papel clave en crecimiento económico de Panamá
- Mario Muñoz

- 15 may
- 4 min de lectura

Las empresas familiares jugarán un rol clave en la aceleración del ritmo de crecimiento económico de Panamá en 2026, especialmente si sus emprendimientos son respaldados por las políticas públicas adecuadas, la innovación tecnológica oportuna y la planificación estratégica necesaria para vencer la informalidad reinante en el país y elevar la productividad nacional al trabajar juntos por una economía más inclusiva y sostenible.
Las empresas familiares representan el 75% de todas las compañías de más de 1.000 millones de dólares de América Latina y entre el 60% y 80% de su Producto Interno Bruto (PIB), según la escuela de negocios francesa INSEAD. Pero a la vez representan entre el 70% y 90% del total del tejido empresarial de nuestros países, aportando entre el 60% y 80% de la creación de puestos de trabajo formales y contribuyendo con más del 70% de la recaudación de impuestos. En Panamá las cifras son similares.
Y esas empresas familiares no solo están presentes en los grandes grupos corporativos del país, con empresas centenarias y hasta dinastías familiares como Varela Hermanos (1908), o Félix B. Maduro (que comenzó como empresa familiar en 1877), Azucarera Nacional o Diasa (1909) o La Estrella de Panamá (1849), sino principalmente en las micro, pequeñas y medianas empresas (Mypimes), que constituyen actualmente más del 90% de total de las empresas registradas en Panamá, según el Banco Mundial.
Las bases de datos del Instituto Nacional de Estadística y Censo (INEC) y la Autoridad de la Micro, Pequeña y Mediana Empresa (AMPYME), sin embargo, revelan que el peso de las empresas familiares en la economía nacional puede estar subestimado porque cerca de la mitad de la población ocupada de Panamá sigue bajo condiciones de informalidad laboral (49,3%) y la mayoría de ellos en empresas familiares.
Además, muchas empresas familiares operan fuera del radar regulatorio y sin aportes fiscales al país. Todo lo anterior representa una gran reserva de talento y esfuerzo productivo que puede transformarse en potente motor económico si se logran formalizar sus emprendimientos apoyando sus iniciativas en lugar de encarrilarlos a seguir trabajando en negro o por debajo de la mesa.
Los sectores de comercio, servicios y logística —núcleos típicos de negocios familiares o pequeñas y medianas empresas (Pymes)— concentran una parte significativa del valor agregado del país: casi dos tercios del Producto Interno Bruto (PIB), para ser exactos.
Este contexto sugiere que las empresas familiares —al ser la forma dominante de organización en el parque empresarial panameño— representan una palanca con alto potencial. Así que la mejor recomendación que podríamos dar al gobierno es obvia: si resultan correctamente formalizadas, con acceso a financiamiento, capacitación, profesionalización de la gestión y mejor integración al mercado formal, las empresas familiares de Panamá pueden sumarle varios puntos porcentuales al crecimiento actual (3% – 4%) y aproximarnos mejor al potencial nacional (6%).
Las empresas familiares, de hecho, pueden convertirse en un pilar estratégico para movilizar la informalidad, generando empleos de calidad, con derechos y protección social; diversificar la economía más allá de los sectores tradicionales de logística y comercio; contribuir al crecimiento del ingreso nacional y aumentar la recaudación fiscal; y fomentar la innovación, el dinamismo local y el desarrollo en regiones menos atendidas.
Además, pueden facilitar la incorporación a la fuerza productiva de los jóvenes que piden espacios de relevo generacionales desde hace décadas, en lugar de seguir estancados repitiendo las mismas fórmulas tradicionales de siempre.
El creciente interés de instituciones como AMPYME y asociaciones empresariales en formalizar a los emprendedores, por ejemplo, revela una oportunidad única.
Para 2026, con un escenario internacional y regional aún incierto, las empresas familiares podrían ofrecer resiliencia. Su tamaño mediano o pequeño les permite adaptarse con mayor agilidad a cambios de demanda, costos o regulaciones; al mismo tiempo, su profunda conexión local les facilita identificar más rápidamente nichos de mercado, fomentar consumo interno y generar empleo en pequeñas comunidades.
Empoderar al capital humano, familiar, emprendedor, como base de una estrategia de desarrollo que combine formalidad, inclusión y crecimiento sostenido, debería convertirse en una prioridad de Estado. Panamá puede, así, redescubrir su motor económico en la multiplicidad de sus empresas familiares, pymes y emprendimientos, construyendo una economía más diversa, equitativa y resiliente para 2026.
Sin duda, para resolver estos problemas hacen falta más políticas públicas de apoyo: financiamiento accesible, incentivos fiscales, formación gerencial e infraestructura básica que permita la modernización económica nacional, para que las empresas familiares no solo sobrevivan, sino que prosperen, tanto o más que las grandes empresas de siempre.
En Panamá, además, tenemos también en la migración una oportunidad de oro. Porque muchos de los talentos que entran al país son cerebros brillantes que la economía panameña no ha logrado usar para transferir conocimientos e innovación, porque hay leyes muy restrictivas que impiden que se sumen a esta prosperidad por proteger a los nacionales, en algunos casos, dejando al país rezagado frente a otros países que si aprovechan ese talento. Pero ha llegado la hora de repensar las cosas, si de verdad queremos un país mejor para nuestras futuras generaciones.
En España, por ejemplo, la inmigración ha aportado el 80% del crecimiento económico de los últimos 15 años, según LLYC. Y el Banco Central Europeo destaca que el aumento de población extranjera en edad laboral ha sido una de las principales causas del crecimiento en la zona euro entre 2023 y 2025.
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