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¿Estamos dejando de hablar? Las personas pronuncian miles de palabras menos que hace dos décadas

29 sept
6 min de lectura

El teléfono está sobre la mesa. Llegan mensajes de WhatsApp, correos electrónicos, notificaciones, videos y publicaciones. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, paradójicamente, una investigación reciente plantea que podríamos estar hablando mucho menos.

Un estudio publicado en 2026 en la revista científica Perspectives on Psychological Science encontró una reducción considerable en el número de palabras que las personas pronuncian diariamente.


Los investigadores Valeria A. Pfeifer, de la University of Missouri–Kansas City, y Matthias R. Mehl, de la University of Arizona, analizaron información recopilada durante 14 años y encontraron que, entre 2005 y 2019, por cada año transcurrido se pronunciaron, en promedio, unas 338 palabras menos por persona al día.


Parece poco. Pero cuando la cifra se acumula, el resultado cambia completamente de dimensión.


Los autores calculan que esas 338 palabras representan más de 120,000 palabras menos habladas durante un año. Entre 2005 y 2019, la reducción estimada en el número de palabras pronunciadas diariamente alcanzó aproximadamente 28%.


La pregunta inevitable es: ¿estamos dejando de conversar?


De casi 16,000 palabras a menos de 13,000


Durante muchos años se popularizó la idea de que una persona pronunciaba alrededor de 16,000 palabras diariamente.


La cifra surgió, en parte, de una investigación publicada en Science en 2007 por Mehl y otros investigadores, en la que se estimó una media de 15,959 palabras por día.


Años después, una investigación mucho más amplia volvió a medir cuánto hablamos.


Esta vez se utilizaron datos de 2,197 personas, con edades entre 10 y 94 años, que participaron en 22 estudios realizados a lo largo de 14 años.


Los participantes residían principalmente en Estados Unidos, además de México, Australia y algunos países europeos.


El resultado fue sustancialmente menor: el promedio general se situó en 12,792 palabras diarias. La diferencia llamó la atención de los investigadores.


No parecía simplemente un error estadístico. Cuando relacionaron el número de palabras pronunciadas con el año en que habían sido recogidos los datos, apareció una tendencia descendente.


El modelo estadístico estimó 338 palabras menos por día por cada año transcurrido entre 2005 y 2019. El intervalo de credibilidad fue amplio —entre 25 y 652 palabras menos—, por lo que los científicos advierten que la cifra exacta tiene incertidumbre.


La tendencia, sin embargo, resultó suficientemente clara para abrir una nueva pregunta de investigación: ¿qué conversaciones estamos perdiendo?


Los jóvenes muestran una caída mayor


Otro resultado resulta especialmente interesante.


Cuando los investigadores dividieron a los participantes por edad, descubrieron que la reducción era mayor entre los menores de 25 años.


En ese grupo, la estimación alcanzó unas 451 palabras menos por día por cada año transcurrido desde 2005.


Entre los mayores de 25 años, el descenso fue de aproximadamente 314 palabras anuales.


Los jóvenes, por lo tanto, presentaron una disminución alrededor de 44% superior a la observada entre las personas de mayor edad.


La tecnología aparece inmediatamente como sospechosa.


WhatsApp sustituyó parte de las llamadas telefónicas. Los mensajes de voz reemplazaron algunas conversaciones. Las aplicaciones permiten ordenar comida sin hablar con nadie. Las cajas de autoservicio eliminan el intercambio con un cajero. El GPS evita preguntar cómo llegar a determinado lugar.


Incluso muchas conversaciones laborales migraron hacia correos electrónicos, chats internos y plataformas digitales.


Pero aquí aparece una precisión importante: el estudio no demuestra que el celular o las redes sociales sean la causa de que hablemos menos.


Los investigadores plantean la tecnología como una posible explicación, pero consideran también cambios más profundos en la manera en que las sociedades trabajan, compran, se transportan y se relacionan.


El propio estudio señala que la mayor disminución entre jóvenes puede apuntar parcialmente hacia la tecnología, pero no explica toda la tendencia.


Las conversaciones pequeñas también importan


Tal vez el fenómeno más importante no sea que tengamos menos largas conversaciones.


Podría estar desapareciendo algo mucho más pequeño.


El “buenos días” al vecino.


La conversación de dos minutos con el compañero de oficina.


Preguntar una dirección.


Comentar el clima mientras esperamos un ascensor.


Hablar con la persona que prepara el café.


La psicología social lleva años estudiando esos encuentros aparentemente insignificantes.


Una investigación publicada en Personality and Social Psychology Bulletin encontró que las personas reportaban mayor felicidad y sentimiento de pertenencia durante los días en que mantenían más interacciones con conocidos o personas consideradas “vínculos débiles”.


Otro estudio, publicado recientemente en The Journal of Positive Psychology, trabajó con 335 adultos jóvenes y encontró que las interacciones de mayor calidad con conocidos y desconocidos estaban asociadas con menor soledad y mejor salud mental, independientemente de la calidad de las relaciones cercanas.


Incluso actos muy simples parecen tener importancia.


Una investigación publicada en Social Psychological and Personality Science encontró que conversar con desconocidos y conocidos, e incluso saludar o agradecer a personas con vínculos débiles, estaba relacionado con una mayor satisfacción con la vida.


No significa que decir “buenos días” sea una fórmula automática para ser feliz.


Significa que la vida social parece construirse también mediante cientos de pequeños contactos que muchas veces ni siquiera consideramos relaciones.


Conversar y sentirse mejor


La relación entre hablar con otras personas y el bienestar tampoco es nueva.


En 2018, investigadores encabezados por Anne Milek analizaron cuatro muestras que sumaban 486 personas.


Encontraron asociaciones moderadas entre una mayor satisfacción con la vida, pasar menos tiempo solo, dedicar más tiempo a conversar y mantener conversaciones más sustantivas.


El estudio también dejó una advertencia interesante: no encontró evidencia sólida de que las conversaciones superficiales fueran necesariamente negativas.


Es decir, no todas nuestras conversaciones tienen que resolver el sentido de la vida.


Hablar del partido de fútbol, del tráfico, del precio del café o de cómo estuvo el fin de semana también forma parte de nuestra estructura social.


Otro experimento publicado en Journal of Experimental Social Psychology mostró algo todavía más curioso: muchas personas evitan conversar con desconocidos porque anticipan que será incómodo, que no sabrán qué decir o que la otra persona no estará interesada.


Sin embargo, esas expectativas suelen ser más negativas que la experiencia real de conversar.


Quizá estamos evitando conversaciones que, cuando finalmente ocurren, disfrutamos más de lo que esperábamos.


Una sociedad hiperconectada, pero ¿más sola?


El debate tiene implicaciones que van más allá del lenguaje.


En 2023, el Surgeon General de Estados Unidos publicó un amplio informe sobre la denominada “epidemia de soledad y aislamiento”.


El documento advierte que la conexión social es un componente importante de la salud individual y colectiva y sostiene que la falta de relaciones e interacción suficientes está asociada con peores resultados de salud.


Sería incorrecto concluir que pronunciar menos palabras provoca directamente enfermedad o soledad.


Los científicos no han demostrado esa relación causal.


Pero ambas tendencias colocan sobre la mesa una paradoja.


Podemos enviar cientos de mensajes durante el día y, al mismo tiempo, pasar horas sin escuchar nuestra propia voz conversando con otra persona.


Podemos conocer en tiempo real lo que ocurre al otro lado del planeta y no saber cómo se llama quien vive dos apartamentos más adelante.


La tecnología ha multiplicado la comunicación, pero comunicación no significa necesariamente conversación.


La investigación todavía tiene límites


También hay que interpretar los datos con prudencia.


La muestra procede principalmente de Estados Unidos y no representa a toda la población mundial. Los autores reconocen que faltan datos suficientes de sociedades con culturas diferentes, particularmente países más colectivistas.


Además, los registros llegan solamente hasta 2019.


Por tanto, este trabajo no permite determinar qué ocurrió después de la pandemia de COVID-19, cuando el teletrabajo, las videollamadas, el comercio electrónico y las plataformas digitales transformaron aún más la vida cotidiana.


Eso significa que todavía falta responder una pregunta fundamental: ¿la caída continuó después de 2019?


Las palabras que dejamos de decir


Hay algo fascinante en esta investigación. No se trata solamente de contar palabras.

Detrás de cada palabra que desaparece probablemente había una conversación.

Tal vez con un amigo. Con un compañero de trabajo. Con un vendedor. Con la persona sentada al lado en un autobús. Con alguien que probablemente nunca volveremos a encontrar.


Por separado, cada conversación parece irrelevante.


Pero cientos de ellas construyen una comunidad.


El desafío de nuestra época posiblemente no sea desconectarnos de la tecnología. Tampoco regresar artificialmente a una sociedad sin teléfonos inteligentes, aplicaciones o inteligencia artificial.


Quizá sea algo mucho más sencillo.


Recordar que algunas de las conexiones humanas más importantes todavía comienzan de la manera más antigua posible:


con dos personas hablando.

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