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No llenes tu agenda del lunes, el 'Monday effect' es real

21 sept
5 min de lectura

Si no es indispensable, tampoco conviertas el lunes en el día para llamar a todos sus clientes, organizar una cadena de reuniones y resolver en pocas horas todo lo que quedó pendiente. La ciencia comienza a ofrecer razones para mirar con más cuidado la forma en que organizamos el primer día de la semana.



El llamado “síndrome del lunes” no constituye por sí mismo un diagnóstico médico, pero sí existe abundante investigación sobre el denominado “Monday effect” o “Monday blues”: cambios en el estado de ánimo, el estrés, la capacidad de concentración e incluso algunos indicadores de salud que aparecen asociados al comienzo de la semana.


Una de las investigaciones más recientes resulta especialmente llamativa. Un estudio publicado en 2025 en el Journal of Affective Disorders analizó a 3,511 adultos de 50 años o más participantes en el English Longitudinal Study of Ageing. Los investigadores encontraron que las personas que reportaban ansiedad los lunes presentaban una respuesta biológica al estrés particularmente marcada.


En el grupo situado en el percentil 90 de distribución del cortisol, quienes experimentaban ansiedad los lunes tenían niveles de cortisol en el cabello 23% superiores a los de personas que manifestaban ansiedad otros días. Las muestras reflejaban exposición acumulada durante hasta dos meses.


El resultado es relevante porque el cortisol forma parte del sistema que utiliza el organismo para responder al estrés. Los investigadores encontraron además que el fenómeno aparecía tanto entre personas que trabajaban como entre quienes no estaban laboralmente activos, lo que sugiere que la percepción del comienzo de la semana puede tener un componente que va más allá de simplemente regresar a la oficina.


El estudio es observacional y se realizó en adultos mayores de Inglaterra, por lo que no permite afirmar que el lunes cause directamente esa elevación de cortisol en toda la población.


La asociación entre los lunes y determinadas respuestas cardiovasculares tampoco es nueva. Una investigación publicada en 2026 examinó 500 pacientes de entre 18 y 65 años atendidos por emergencias cardiovasculares en dos centros. El lunes concentró el 19.6% de los eventos, frente al 10.6% del domingo.


Después de los ajustes estadísticos, la presentación en lunes estuvo asociada con una incidencia 23% mayor de emergencias cardiovasculares. La presión arterial sistólica y la frecuencia cardíaca también fueron superiores los lunes en esa población. Se trata de un estudio retrospectivo de dos centros y no demuestra causalidad, pero se suma a una línea de investigación que existe desde hace décadas.


Ya en 1994, un estudio publicado en Circulation había analizado 5,596 pacientes. Entre la población laboralmente activa encontró un incremento relativo de 33% en el inicio de infartos los lunes frente a lo esperado si los casos estuvieran distribuidos uniformemente durante la semana. Los autores plantearon entonces la posibilidad de que la transición entre el descanso y las actividades programadas pudiera actuar como desencadenante en personas vulnerables.


Eso no significa que todos los lunes sean malos ni que cada trabajador padezca un deterioro importante. Una metaanálisis de 34 muestras encontró un efecto “Monday blues” pequeño, aunque estadísticamente consistente, cuando se analizaba el estado de ánimo en tiempo real. Y un estudio de unas 340,000 personas en Estados Unidos encontró poca evidencia de que el lunes fuera, por sí solo, mucho peor que los restantes días laborales; la diferencia más clara apareció entre los días de trabajo y el fin de semana.


Sin embargo, nuestra representación mental del lunes sí parece ser diferente. Una investigación publicada en PLOS ONE encontró asociaciones emocionales especialmente negativas con el lunes y positivas con el viernes. Otro estudio halló que 65% de un grupo consultado identificaba al lunes como la peor mañana de la semana, aunque las mediciones realizadas en tiempo real mostraron que parte de esa percepción negativa puede estar influida por nuestras expectativas y recuerdos sobre el lunes.


A ese cambio psicológico hay que sumarle un elemento cotidiano: el traslado al trabajo.


El tráfico no es simplemente una molestia. Un estudio longitudinal basado en 13 olas de datos de trabajadores australianos encontró deterioros en indicadores de salud mental cuando el tiempo semanal dedicado a desplazarse al trabajo superaba las seis horas, especialmente entre personas con poco control sobre su trabajo.


Otra investigación publicada en 2023 analizó 29,458 trabajadores de Corea del Sur. Comparados con personas cuyos desplazamientos duraban menos de 20 minutos, quienes viajaban entre 60 y 79 minutos presentaron 23% mayores probabilidades de reportar bajo bienestar; entre quienes necesitaban 80 minutos o más, la diferencia ascendió a 28%.


La relación entre congestionamiento y estrés también tiene evidencia fisiológica. Estudios con conductores expuestos a tráfico intenso han encontrado asociaciones entre congestión y aumentos de indicadores de activación fisiológica relacionados con el estrés. Una revisión sistemática de 47 investigaciones sobre desplazamientos en transporte público encontró, entre otros efectos, elevaciones de cortisol salival, estrés percibido y reacciones negativas ante el hacinamiento en determinados grupos de viajeros.


Para ciudades congestionadas, el dato no es menor. En el Traffic Index 2025 de Numbeo, Ciudad de Panamá registró un tiempo estimado de desplazamiento de 32.8 minutos dentro de su indicador de tráfico, ilustrando cuánto puede pesar diariamente la movilidad sobre la jornada laboral.


Luego viene la oficina: mensajes acumulados, correos, reuniones, llamadas y tareas pendientes.


Un estudio publicado en Information & Management en 2025, con 1,372 trabajadores, encontró que la sobrecarga de correo electrónico durante la jornada incrementaba el estrés laboral y reducía tanto la satisfacción con el trabajo como, en determinados grupos, la satisfacción con la vida.


Las interrupciones también tienen un costo. Investigaciones sobre llamadas y cambios de tarea han encontrado incrementos en el tiempo necesario para completar el trabajo y mayores errores inmediatamente después de cambiar de una tarea a otra. Un ensayo controlado con 186 participantes mostró además que las situaciones de multitarea producían aumentos del estrés percibido y activación del sistema nervioso simpático.


Todo esto plantea una pregunta sencilla: si el lunes ya implica volver a levantarse más temprano, atravesar tráfico, revisar mensajes acumulados, reorganizar pendientes y regresar al ritmo laboral, ¿es necesario agregar además cinco reuniones, veinte llamadas y todas las decisiones importantes de la semana?


Probablemente no.


No llenar la agenda del lunes no significa convertirlo en un día improductivo. Al contrario, puede utilizarse para ordenar prioridades, revisar pendientes, resolver las tareas realmente importantes y preparar el resto de la semana. Un pequeño estudio con seguimiento del sueño encontró que los fallos cognitivos relacionados con el trabajo y la latencia para conciliar el sueño durante la noche anterior eran mayores los lunes que otros días laborales.


También conviene revisar la costumbre de utilizar el lunes para contactar de forma indiscriminada a clientes, proveedores y equipos. Si una llamada no es indispensable, puede esperar. Cada comunicación adicional representa una interrupción para alguien que probablemente también está organizando su semana.


Eso sí: no existe evidencia sólida para afirmar que los clientes respondan peor los lunes. De hecho, experimentos sobre invitaciones digitales han encontrado tasas de respuesta relativamente altas al comienzo de la semana. Por eso, “no contacte a clientes los lunes” debe entenderse como una estrategia para reducir contactos innecesarios y proteger espacios de concentración, no como una regla comercial universal.


El problema, finalmente, no parece ser el lunes en sí mismo. El problema puede ser todo lo que hemos decidido colocar dentro de esas primeras horas de la semana.


El tráfico, el despertador más temprano, los correos acumulados, las llamadas, las reuniones, los problemas que quedaron abiertos el viernes y la presión por “arrancar fuerte” pueden convertir una jornada normal en una concentración innecesaria de estímulos.


Quizá la mejor forma de comenzar productivamente la semana no sea acelerando desde las 8:00 de la mañana.


Puede ser exactamente lo contrario: dejar espacio para comenzar.

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