Ricardo J. Alfaro: el panameño que forjó los derechos humanos en la cuna de las Naciones Unidas
Julio Javier Trelles Metzner
La historia de Ricardo J. Alfaro no es solo la de un diplomático visionario, sino la de un hombre que entendió que el derecho internacional podía ser el escudo de los más vulnerables. Su legado permanece vivo en cada tratado que protege a las minorías, en cada corte que juzga crímenes contra la humanidad, y en cada voz que se alza contra la impunidad.

En los archivos de la ONU, su firma aparece junto a documentos fundacionales. Su letra, pulcra y decidida, contrasta con la grandilocuencia de las grandes potencias. Panamá, bajo su liderazgo, fue el único país que presentó una propuesta formal de derechos humanos en San Francisco. Mientras otros delegados negociaban cuotas de poder, Alfaro insistía en que la nueva organización mundial debía tener un corazón ético.
"La soberanía no es un privilegio reservado a los poderosos; es un derecho que debe proteger a todos", afirmó en la histórica Conferencia de San Francisco de 1945, donde fue ministro de Relaciones Exteriores y jefe de la delegación panameña. Allí, junto a representantes de México y Cuba, impulsó la creación de una carta que reconociera los derechos fundamentales de todas las personas.
Su propuesta, la Declaración de los Derechos Humanos Esenciales, basada en un documento elaborado por el American Law Institute de Filadelfia, fue el único texto formal presentado en aquella reunión. De dieciocho artículos, destacó especialmente el que reconocía el derecho a participar en el gobierno, un principio que luego sería parte integral de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948.
De regreso a Panamá, Alfaro reafirmó su convicción ante la Asamblea Nacional Constituyente: "Nuestra Carta debe ser, y estoy convencido de que será, un noble instrumento de paz, fe y esperanza". Para él, la Conferencia de San Francisco fue "el más importante de todos los congresos de carácter universal".
Pero la labor de Alfaro no terminó allí. En 1946, durante la primera Asamblea General de la ONU en Londres, presentó una versión ampliada de esos derechos, insistiendo en que la Carta mencionaba principios esenciales sin definirlos con suficiente precisión. Su llamado era claro: convertir las palabras en compromisos reales y obligaciones concretas.
Entre 1948 y 1953, presidió la Comisión de Derecho Internacional de las Naciones Unidas, donde defendió con firmeza la capacidad de la ONU para investigar violaciones a los derechos humanos, a pesar de la resistencia de los Estados que buscaban escudarse en la "competencia interna" para evitar la supervisión internacional.
En el Boletín de las Naciones Unidas de mayo de 1949, Alfaro escribió que uno de los propósitos de la Carta era "fomentar la cooperación internacional en el respeto a los derechos y libertades fundamentales de todos". Advertía que, sin ese compromiso, las palabras quedarían vacías y sin sentido.
Su compromiso con la justicia internacional lo llevó a firmar, en nombre de Panamá, la Convención sobre el Genocidio y a apoyar la creación de un tribunal penal internacional. Entre 1959 y 1964, sirvió como juez y vicepresidente de la Corte Internacional de Justicia en La Haya, consolidando su posición como uno de los juristas más influyentes de su época.
Ricardo J. Alfaro es el ejemplo vivo de cómo la convicción y la perseverancia pueden hacer que la voz de un país pequeño se escuche en los foros más poderosos del mundo. Panamá, sin ejército ni derecho a veto, demostró que el derecho puede ser un límite efectivo al poder.
El investigador Rafael Pérez Jaramillo, en su estudio "Idealismo Universal", detalla cómo la propuesta panameña llegó a San Francisco gracias a la determinación de Alfaro y su equipo. La Defensoría del Pueblo de Panamá también ha recordado que Alfaro veía en la ONU "el fuero del género humano", un espacio donde los derechos no son concesiones sino principios inalienables.
Cuando se habla de los orígenes de las Naciones Unidas, los nombres de las grandes potencias suelen acaparar la atención. Sin embargo, la historia oficial, las actas de San Francisco y las palabras de Alfaro en la Asamblea Nacional muestran una verdad diferente: un panameño fue pionero en plasmar y defender los derechos humanos con dignidad y compromiso.
En la actualidad, con un Canal de Panamá que demanda modernización constante y una geopolítica que vuelve a situar al país en el centro de tensiones internacionales, el legado de Alfaro adquiere una resonancia renovada. Frente a los desafíos que enfrentan la identidad nacional y la confianza en las instituciones, su lucha por el derecho y la soberanía resulta más urgente que nunca.
En tiempos en que la corrupción y las presiones externas amenazan el tejido democrático, Alfaro se erige como un referente de integridad y compromiso. Su convicción de que la ley debe ser la base firme del Estado invita a una reflexión profunda y a redoblar los esfuerzos por la justicia y la defensa de los derechos humanos en Panamá.
Recordarlo no es solo un acto de memoria: es un llamado a la acción para que el país honre su historia y enfrente con dignidad los retos del presente. El autor es empresario y comunicador social.






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